Agosto 7, 2026

La historia natural de las sincronicidades

David Peat

Las investigaciones de Jung acerca de la sincronicidad fueron impulsadas por la variedad de patrones y agrupamientos acausales que habían ocurrido en su propia vida. Un ejemplo concreto que está registrado en su ensayo sobre la sincronicidad trata del tema de los peces. En muchos países europeos, el primero de abril es llamado el «día del Pez de Abril». Ese día en particular, Jung estaba trabajando por casualidad sobre el simbolismo del pez, y cuando llegó su paciente, le enseñó a Jung un cuadro de un pez y un bordado con el dibujo de un pez. Al día siguiente, otro paciente le contó un sueño que había tenido la noche anterior acerca de un enorme pez. Mientras anotaba estos relatos, Jung dio un paseo junto a un lago y vio un gran pez. El mismo Jung da importancia a este patrón de acontecimientos con peces. Pero a muchos lectores no les parecerán más que simples coincidencias. Para Jung, su importancia parecía venir del fuerte sentido significativo que tenían para él. Posiblemente fueron mucho más interesantes los sucesos que les ocurrieron a sus pacientes durante la psicoterapia -como por ejemplo la aparición del escarabajo dorado. En tales situaciones, en que el paciente y el psiquiatra son capaces de activar juntos las fuerzas profundas del inconsciente, la presencia de sincronicidades puede ser particularmente favorable.

Las investigaciones del psicoanalista suizo Arnold Mindel han confirmado esta observación. Mindel, quien empezó su formación profesional como físico, se introdujo más adelante en el campo de la psicología jungueriana, que estudió en Zurich. Su interés por la sincronicidad y la posibilidad de resonancias entre la física y la psicología le llevó a dirigir un sondeo por medio de un cuestionario que envió a varios junguerianos. Cuando se valora la obra de Mindel conjuntamente con la de Jung y de otros comentaristas, es posible establecer una reseña biográfica de sucesos sincrónicos. Tal como Jung había señalado anteriormente, la posesión de significado y, particularmente, la relación con una activación profunda de energía dentro de la psique, es la naturaleza misma de la sincronicidad. Es como si la formación de patrones dentro del inconsciente fuese acompañada de patrones físicos en el mundo exterior. Principalmente, cuando los patrones psíquicos están a punto de alcanzar la conciencia, las sincronicidades llegan a su apogeo; por otra parte, tienden a desaparecer cuando el individuo conscientemente se da cuenta de una nueva alineación de fuerzas dentro de su personalidad.

Es por ello que las sincronicidades a menudo se relacionan con períodos de transformación; por ejemplo, nacimientos, muertes, el enamoramiento, la psicoterapia, la obra creadora intensa e incluso un cambio de profesión. Es como si esta reestructuración interna produjese resonancias externas o como si una explosión de «energía mental» se propagase hacia afuera en el mundo físico.

Arnold Mindel ofrece el ejemplo de un paciente psicópata que declaró que era Jesús, el creador y destructor de la luz. En ese mismo instante la instalación de luz cayó del techo dejando sin conocimiento al hombre. Un ejemplo extremo de la liberación de tal energía psíquica ocurre con lo que los junguerianos llaman «El Jugador», la persona que debe arriesgarlo todo en la última carta metafórica. En muchos casos, un paciente se encuentra desahuciado, con todos sus recursos agotados y sin esperanza. En términos simbólicos, esto es parecido a la persona que ha llegado a la última puerta de un castillo, al que solamente le queda un deseo mágico, y que se enfrenta a un dragón, o que está al borde de la muerte. En tales circunstancias, todas las energías se enfocan y se concentran al destapar la última carta y seguramente ocurrirán las sincronicidades. Mindel habla sobre el psiquiatra que no sabía cómo llevar adelante el tratamiento de una paciente. Hiciera lo que hiciese no era capaz de comunicarse con ella. Un día, bajo un tremendo estrés, soñó que su marido estaba intentando arrastrarla al mundo del más allá y se despertó por unos golpes en la puerta de su consultorio, pero no había nadie en el otro lado. Intuyó que el marido de la mujer era el responsable de estas llamadas y le contó la historia a su paciente en la próxima sesión. Ella lo asombró confesándole que su marido había muerto pocas semanas antes. Enfrentado a una empresa aparentemente imposible, el terapeuta se había metido en una sincronicidad que implicaba una llamada a la puerta de su consulta y el sueño de un marido muerto. Desde ese momento mejoró la comunicación entre el médico y la paciente y permitió la curación final.

No es extraña la acción de las sincronicidades entre el estado de sueño y el de vigilia, ni se limita a estas situaciones de «último recurso». Anthony Storr, autor de The essential Jung, me contó que su esposa soñó que había sido decapitada. Un profesor de Oxford se tiró a las vías del ferrocarril y fue decapitado por el tren esa misma noche. G. H. Lewis, compañero de toda la vida del escritor George Elliot, relató la siguiente historia sobre Charles Dickens:

Dickens soñó que estaba en una habitación donde todo el mundo iba vestido de color escarlata. Tropezó con una mujer que estaba de espaldas a él. Mientras se disculpaba, ella volvió la cabeza y dijo muy tranquilamente: «Me llamo Napier». El no conocía a nadie llamado Napier y su cara le era desconocida. Dos días después, antes de una lectura, una amiga suya entró en la sala de espera acompañada de una mujer desconocida que vestía una capa de ópera escarlata, «que», le dijo su amiga, «está decidida a ser presentada». «¿No será la señorita Napier?», preguntó él en broma. «Sí, la señorita Napier.» Aunque la cara de la persona de su sueño no era la de la señorita Napier, la coincidencia de la capa escarlata y del nombre fue impresionante.

Las sincronicidades ocurren no sólo en los perturbados o hipersensibles sino que incluso pueden entrometerse en la vida de los racionales y escépticos. Mindel notó cómo, a veces, tienen el efecto de perturbar una visión del mundo normalmente ordenada y demasiado rígida al aparecer como los comodines en la baraja de la vida. Algunas sincronicidades empiezan dentro del mundo exterior y después se mueven hacia dentro a medida que se descubre su significado. Tales sincronicidades dependen del descubrimiento de un significado más profundo en los patrones y agrupamientos de los fenómenos de nuestro entorno. Pueden implicar nuestra vinculación de una manera especial con el medio ambiente, la previsión de sucesos o la percepción de algún patrón fundamental del mundo.

El caso de Jung y el pez es un ejemplo. Pero también se podría señalar la manera en que artistas y escritores parecen haber percibido acontecimientos importantes o cambios sociales mucho antes de que sucediesen. Una coincidencia curiosa es la que proporcionan los astrónomos en Los Viajes de Gulliver de Jonathan Swift, que saben que Marte posee dos lunas, y esto lo saben mucho antes de que los astrónomos estuviesen en condiciones para poder hacer estas observaciones. Más inquietante aún es la novela de M. F. Mansfield, escrita en 1898, sobre el Titán, el barco de pasajeros más grande del mundo, que cruzó el Atlántico con ricos y famosos pasajeros. El Titán estaba abastecido con una cantidad insuficiente de botes salvavidas, al igual que el Titanic auténtico de muchos años después, cuando chocó contra un iceberg y se hundió. Tal vez más interesantes sean las películas rodadas en Alemania en los años veinte que anticipan la agitación psicológica que explotó durante el nazismo. Nosferatu, de F. W. Murnau, relata cómo una plaga que se extiende por la tierra afecta a ciudadanos respetables incitándolos al crudo deseo de la sangre que provoca una cacería. The Cabinet of Dr. Caligary, de Robert Weine, describe cómo un médico loco utiliza a un sonámbulo como medio para cometer un asesinato. Dentro del manicomio del médico, los pacientes parecen ser racionales y los empleados locos. Una sincronicidad o conexión acausal con el medio ambiente especialmente contundente se puede encontrar en el relato del hacedor de la lluvia del sinólogo Richard Wilhelm, puesto que contiene la esencia de la visión china del mundo acerca de cómo el hombre y la naturaleza forman un todo individual:

En cierto pueblo chino no había llovido durante varias semanas, cuando se buscó un hacedor de lluvia. Al llegar el anciano, se fue directamente a la casa que habían preparado para él y se quedó allí sin realizar ninguna ceremonia hasta que llegaron las lluvias. Al preguntarle cómo había logrado que cayese la lluvia, el anciano explicó que la causalidad no tuvo nada que ver. Al llegar al pueblo, el hacedor de lluvia se había dado cuenta de la ausencia de un estado de armonía y, por consiguiente, los procesos normales de la naturaleza no funcionaban según su diseño correcto. El hacedor de lluvia también se encontraba afectado, de modo que se retiró a su cabaña para sosegarse. Cuando su armonía interna se recobró y el equilibrio se estableció de acuerdo con su patrón natural cayó la lluvia. Este relato contiene elementos de un movimiento hacia dentro y un movimiento hacia fuera, un dinamismo entre los aspectos físicos y mentales del universo.

Pero también hay sincronicidades que parecen existir sólo interiormente y que no tienen manifestaciones físicas significativas. Éstas podrían implicar, por ejemplo, patrones acausales de sueños, recuerdos, pensamientos, símbolos y percepciones y podrían expresarse como coincidencias o agrupamientos entre distintas personas. Los científicos que sin mantener una comunicación directa realizan descubrimientos simultáneamente son un ejemplo obvio de esta clase de sincronicidades. Los científicos a menudo hablan de ideas que «están en el aire», como si los conceptos nuevos tomasen la forma de transmisiones de radio, completos en sí pero esperando que un receptor competente los capte. La teoría de la evolución es uno de los descubrimientos coincidentes más famosos.

Charles Darwin, guiándose por el consejo de su amigo sir Charles Lyell, había empezado a transcribir su teoría de la evolución de las nuevas especies:

... había acabado casi la mitad del trabajo en este nivel. Pero mis proyectos fueron desbaratados porque, a principios del verano de 1858, el señor Wallace, que en aquel entonces estaba en el Archipiélago Malayo, me envió su ensayo Sobre la tendencia de las variedades de apartarse de manera indefinida del Tipo Original; y este ensayó contenía exactamente la misma teoría que la mía.

Por lo tanto, una de las teorías más revolucionarias de la ciencia había sido desarrollada independientemente por dos hombres que trabajaban sin ninguna relación entre ellos. El descubrimiento del cálculo hecho independientemente por Newton y Leibniz fue de una importancia equivalente. Se pueden descubrir sincronicidades todavía más impresionantes cuando tales evoluciones paralelas del pensamiento ocurren en campos totalmente distintos. Mientras es posible que la teoría de la evolución permaneciese esperando que alguien la descubriese, ¿cómo se pueden explicar los siguientes ejemplos de nuestra creciente comprensión de la naturaleza de la luz? Alrededor de mediados del siglo XVI, Vermeer y otros pintores que trabajaban en Holanda se interesaron por la naturaleza interna de la luz, por sus efectos al penetrar en las habitaciones a través de puertas, ventanas y pequeñas grietas, y por su transformación al pasar por el vidrio coloreado. En esta misma época, Isaac Newton estaba utilizando un prisma para explorar la composición de la luz cuando entraba a través de un pequeño agujero en los postigos de su habitación en Cambridge. Doscientos años más tarde, el pintor Turner representaba la luz como un vórtice que se arremolinaba, un poder energético que disolvía la forma y que podía ser igualado al movimiento encrespado del viento, la lluvia y las olas. Poco después, el físico Maxwell formularía su teoría de las ondas del campo electromagnético apoyándose, en que la luz se produce por medio de la revolución mutua (movimiento arremolinador) de ondas eléctricas y magnéticas alrededor de sí mismas. A fines del siglo, los impresionistas trataban la luz como una fuerza pura que produce y disuelve la forma y que se puede descomponer en sus átomos de sensación; la extensión lógica de esta obra fue el puntillismo, en que toda naturaleza se reduce a puntos o cuantos de color. Pocos años después, el mismo concepto fue formulado en física por Planck y Einstein como la teoría cuántica de la luz y la materia.

¿Existen tales conceptos y penetraciones (insights) en alguna forma simbólica y plegada dentro del inconsciente. ¿O son asequibles dentro de la naturaleza, no directamente, sino que de algún modo oculto que debe revelarse dentro de los lenguajes del arte, la literatura, la música o la ciencia? Los muchos ejemplos de movimientos coincidentes del pensamiento, sentimiento e ideas entre grupos y disciplinas inconexos, sugieren que hay un significado más profundo más allá de estas coincidencias y sincronicidades. Con una importancia algo menos dramática, Arnold Mindel ha observado el movimiento sincrónico de parejas en que una persona sufre una experiencia sobrecogedora mientras está separada de la otra. No es nada extraño que uno de los cónyuges experimente algún cambio interior profundo mientras el otro está experimentando una psicoterapia en otra ciudad o país. Tales sucesos curiosos puede que no sean tanto el resultado de un «lazo psíquico» o comunicación mental, sino que indican que un proceso mutuo se está desarrollando en el mismo terreno y que éste, por lo tanto, debe estar más allá de la conciencia individual que está situada en el espacio y el tiempo.

Art: Hilma af Klint, 1915. Altarpiece No. 1



Junio 30, 2026

El mito del andrógino

Julius Evola

Según Platón, existió una raza primordial «cuya especie está ahora extinguida», raza formada por seres que llevaban en sí ambos principios, el masculino y el femenino. Los miembros de aquella raza andrógina «eran extraordinarios por fuerza y atrevimiento, y sus corazones alimentaban propósitos soberbios, hasta el punto de que terminaron atacando a los dioses». Así se les atribuye la tradición referida por Homero, o sea el intento de «escalar el cielo para allí asaltar a los dioses». Es el mismo tema de los hybris de los Titanes y los Gigantes; es el tema de Prometeo y el que encontramos en tantos otros mitos, y también, en cierta forma, en el mito bíblico del Edén y Adán, en el sentido de que en él figura la promesa de «ser como dioses» (Génesis III, 5).

En Platón, los dioses no fulminan a los seres andróginos como habían hecho con los Gigantes, sino que paralizan su poder partiéndolos en dos. De ahí la aparición de seres de sexo distinto que, en cuanto hombres y mujeres, son ya portadores de uno u otro sexo; seres en los que sin embargo perdura el recuerdo de su estado anterior y en los que se despierta el deseo de reconstituir la unidad primordial. Para Platón, el sentido más elevado, metafísico y eterno del eros hay que buscarlo en este deseo. «Desde un tiempo tan remoto, el amor empuja a los seres humanos unos hacia otros; es congénito en la naturaleza humana y busca restaurar nuestra primitiva naturaleza tratando de unir dos seres distintos en uno solo, tratando, por tanto, de sanar de nuevo la naturaleza humana». Aparte de la participación común de los amantes en el placer sexual, el alma de cada uno de los dos «anhela manifiestamente (…) otra cosa que no sabe expresar, un anhelo cuyo objeto sin embargo adivina y da a entender». Como prueba a posteriori, Platón pregunta a los amantes por boca de Efestos: «¿Es de esto de lo que sentís deseo, de fundiros lo más posible el uno con el otro en un solo ser de manera que no os abandonéis el uno al otro ni de noche ni de día? Si es eso en efecto lo que deseáis, yo no pido otra cosa que fundiros en uno y, con mi fuelle de herrero, hacer de vosotros una aleación de tal modo que, de dos seres que sois, seáis uno solo y, mientras viváis, viváis los dos juntos una existencia común como si fueseis un solo ser; luego, tras vuestra muerte, allá abajo en el Hades, en vez de ser dos, seguiréis siendo uno solo, al haber tenido ambos una muerte común. Venga, mirad a ver si es eso lo que anheláis y si estaréis satisfechos de haber obtenido que se realice». Y añade Platón: «Y ni uno solo hay, lo sabemos con seguridad, que al oír esta proposición la rechazase (…) Sino que pensarían precisamente haber oído expresar aquello que, a fin de cuentas, habían anhelado largo tiempo: unirse al amado, fundirse con él, y así, de dos seres que eran, convertirse en uno solo. Y he aquí la verdadera razón: nuestra antigua naturaleza era la que he dicho, y éramos de un todo completo. Por eso precisamente al deseo y la búsqueda de esta naturaleza completa es a lo que denominamos amor». Como si cada mitad, añorando su propia mitad, se acoplase a ella en su deseo de fundirse en un solo ser».

Del concepto esencial, en este conjunto, hay que separar los elementos accesorios, figurativos y «míticos» en el sentido negativo del término. Así, en primer lugar, no hay que concebir a los seres primordiales —de los que Platón, que aquí fabula, nos describe incluso los rasgos físicos— como si fuesen miembros de alguna raza prehistórica de la que se pudiesen encontrar prácticamente los restos o los fósiles. Hay que pensar aquí en un estado, en una condición espiritual de los orígenes, menos en el sentido histórico que en el marco de una ontología, de una doctrina de los estados múltiples del ser. Desmitologizado, ese estado se nos mostrará como el de un ser absoluto (no partido, no dual), estado de compleción o de unidad pura y, por ello, estado de inmortalidad. Este último punto lo confirma la doctrina que, más adelante en El Banquete, se expresa por boca de Diotima, y la que se expone en el Fedro, en la que, pese a la referencia a lo que se iba a llamar el «amor platónico» y a la teoría de la belleza, está explícita la conexión entre el fin supremo del eros y la inmortalidad.

En el mito platónico, el segundo elemento es una variante del tema tradicional general de la «caída». La diferenciación de los sexos corresponde a la condición de un ser partido, luego finito y mortal: corresponde a la condición dual de quien no posee en sí mismo el principio de su propia vida; estado, éste, que no se considera aquí el original. En este último aspecto, podría establecerse, pues, un paralelo con el mito bíblico, en el sentido de que la caída de Adán tiene como consecuencia su alejamiento del Árbol de la Vida. También en la Biblia se habla de la androginia del ser primordial hecho a imagen de Dios («hombre y mujer los creó», Génesis, I, 27), y algunos han atribuido al nombre de Eva el sentido de «la Vida», «la Viva». Como veremos, en la interpretación cabalística, el separarse del andrógino la Mujer-Vida se pone en relación con la caída y termina por equivaler a la exclusión de Adán del Árbol de la Vida, para que «no sea como uno de nosotros [un Dios]» y «no viva para siempre» (Génesis, III, 22).

En su conjunto, pues, el mito platónico es de los que aluden al paso de la unidad a la dualidad, del ser a la privación de ser y de vida absoluta. No obstante, su carácter distintivo y su importancia residen en el hecho de que se aplica precisamente a la dualidad de los sexos para indicar el sentido oculto y el objeto supremo del eros. Como conclusión particular de una conocida secuencia que se refiere a lo que se busca realmente a través de tal o cual fin aparente e ilusorio de la vida corriente, se lee en una Upanishad: «No es por la mujer [en sí] por lo que es deseada la mujer por el hombre, sino precisamente por el âtmâ [por el Principio «todo luz, todo inmortalidad]». El marco es aquí el mismo. En su aspecto más profundo, el eros implica una tentativa de superación de las consecuencias de la caída para salir del mundo de la finitud y de la dualidad, para recobrar el estado primordial, para superar la condición de una existencia dual, partida y condicionada por el «otro». Ése es su significado absoluto; ése es el misterio que se oculta en lo que empuja al hombre hacia la mujer elementalmente, antes incluso de todas las condiciones, que ya hemos descrito, presentadas por el amor humano en sus infinitas variantes referidas a seres que no son hombres absolutos y mujeres absolutas sino casi subproductos de unos y otras. Aquí se nos da, pues, la clave de toda la metafísica del sexo: «A través de la díada, hacia la unidad». En el amor sexual hay que reconocer la forma más universal en la que los hombres buscan oscuramente destruir momentáneamente la dualidad, superar existencialmente la frontera entre Yo y no Yo, entre Yo y Tú, sirviendo la carne y el sexo de instrumentos para un acercamiento extático a la unión. La etimología del término «amor» propuesta por un «Fiel de Amor» de la Edad Media, por imaginaria que sea, no deja de estar cargada de sentido: «La partícula a significa “sin”; mor (mors) significa “muerte”; uniéndolos tenemos “sin muerte”», o sea inmortalidad.

Art: Dora Maar, 1934. Modelo y Musa de Picasso



Abril 1, 2026

Yo he basado mi causa sobre nada

Max Stirner

¿Qué causa es la que voy a defender? Ante todo, mi causa es la buena causa, es la causa de Dios, de la verdad, de la libertad, de la humanidad, de la justicia; luego, la de mi príncipe, la de mi pueblo, la de mi patria; más tarde será la del espíritu, y después otras mil… ¡Pero la causa que yo defiendo no es mi causa!
«Abominio del egoísta que no piensa más que en sí!»

¿Pero esos cuyos intereses son sagrados, esos por quienes debemos decidirnos y entusiasmarnos, cómo entienden su causa? Veámoslo.

Vosotros que sabéis de Dios tantas y tan profundas cosas; vosotros que durante siglos habéis «explorado las profundidades de la divinidad» y habéis penetrado con vuestras miradas hasta el fondo de su corazón, ¿podéis decirme cómo entiende Dios la «causa divina» que estamos llamados a servir? No nos ocultéis los designios del Señor. ¿Qué quiere? ¿Qué persigue? ¿ha abrazado, como a nosotros se nos prescribe, una causa ajena y se ha hecho el campeón de la verdad y del amor? Este absurdo subleva; enseñáis que siendo Dios mismo todo amor y todo verdad, la causa de la verdad y la del amor se confunden con la suya y le son consubstanciales. Os repugna admitir que Dios pueda, como nosotros, hacer suya la causa de otro. ¿Pero abrazaría Dios la causa de la verdad, si no fuese él mismo la verdad? Dios no se ocupa más que de su causa, sólo él es todo en todo, de suerte que todo es su causa. Pero nosotros no somos todo en todo, y nuestra causa es bien mezquina, bien despreciable; así, debemos «servir a una causa superior». Más claro: Dios no se inquieta más que de lo suyo, Dios no se ocupa más que de sí mismo, no piensa más que en sí mismo, y no pone sus miras fuera de sí mismo; ¡ay de lo que contrarie sus designios! No sirve a nada superior y no trata nada más que de satisfacerse. ¡La causa que defiende es puramente egoísta! Dios es un ególatra.

¿Y la humanidad, cuyos intereses debemos también defender como nuestros, qué causa defiende? ¿La de otro? ¿Una superior? No. La humanidad no se ve más que a sí misma, la humanidad no tiene otro objeto que la humanidad; su causa es ella misma. Con tal que ella se desenvuelva, poco le importa que los individuos y los pueblos sucumban; saca de ellos lo que puede sacar, y cuando han cumplido la tarea que de ellos reclamaba, los echa al cesto de papeles inservibles de la Historia. ¿La causa que defiende la humanidad no es puramente egoísta? inútil es proseguir y demostrar cómo cada una de esas cosas, Dios, Humanidad, etc…, tratan tan sólo de su bien y no del nuestro. Pasad revista a las demás y decid si la verdad, la libertad, la justicia, etc…, se preocupan de vosotros más que para reclamar vuestro entusiasmo y vuestros servicios. Que seáis servidores celosos, que les rindáis homenaje, es todo lo que os piden.

Mirad a un pueblo redimido por nobles patriotas; los patriotas caen en la batalla o revientan de hambre y de miseria; ¿qué dice el pueblo? ¡Abonado con sus cadáveres, se hace «floreciente»! Mueren los individuos «por la gran causa del pueblo», que se conforma con dedicarles alguna que otra lamentable frase de reconocimiento y que guarda para sí todo el provecho. Eso me parece un egoísmo demasiado lucrativo.

Pues contemplad ahora a ese sultán que cuida tan tiernamente a «los suyos». ¿No es la imagen de la más pura abnegación, y no es su vida un perpetuo sacrificio? ¡Sí, por «los suyos»! ¿Quieres hacer un ensayo? Muestra que no eres «el suyo», sino «el tuyo», rehúsate a su egoísmo y serás perseguido, encarcelado, atormentado. El sultán no ha basado su causa sobre nada más que sobre sí mismo; es todo en todo, es el único, y no permite a nadie que no sea uno de los «suyos».

¿No os sugieren nada estos ejemplos? ¿No os invitan a pensar que el egoísta tiene razón? Yo, al menos, aprendo de ellos, y en vez de continuar sirviendo con desinterés a esos grandes egoístas, seré yo mismo el egoísta.

Dios y la humanidad no han basado su causa sobre nada, sobre nada más que sobre ellos mismos. Yo basaré, pues, mi causa sobre mí; soy, como Dios, la negación de todo lo demás, soy para mí todo, soy el único.

Si Dios y la humanidad son poderosos con lo que contienen, hasta el punto de que para ellos mismos todo está en todo, yo advierto que me falta a mí mucho menos todavía, y que no tengo que quejarme de mi «vanidad». Yo no soy nada, en el sentido de que «todo es vanidad»; pero soy la nada creadora, la nada de la que saco todo.

¡Mal haya, pues, toda causa que no es entera y exclusivamente mía! Mi causa, pensaréis, debería ser al menos «la buena causa». ¿Qué es lo bueno, qué es lo malo? Yo mismo soy mi causa, y no soy ni bueno ni malo; ésas no son, para mí, más que palabras.

Lo divino mira a Dios, lo humano mira al Hombre. Mi causa no es divina ni humana, no es ni lo verdadero, ni lo bueno, ni lo justo, ni lo libre, es lo mío; no es general, sino única, como yo soy único.

Nada está, para mí, por encima de mí.

Art: Arcano XVI del tarot de Marsella, la Maison Dieu



Marzo 20, 2026

Spring

William Blake

Sound the Flute!
Now it´s mute
Birds delight
Day and Night;
Nightingale
In the dale,
Lark in the Sky,
Merrily,
Merrily, Merrily, to welcome in the Year.


Little Boy,
Full of joy;
Little Girl,
Sweet and small;
Cock does crow,
So do you;
Merry voice,
Infant noise,
Merrily, Merrily, to welcome in the Year.


Little Lamb,
Here I am;
Come and lick
My white neck;
Let me pull
Your soft Wool:
Let me kiss
Your soft face:
Merrily, Merrily we welcome in the Year.

Photo: Donal Kearney, Spring Equinox Eve at An Griànan Fort; 2026



Febrero 17, 2026

El pensamiento del corazón

James Hillman

Las fantasías de catástrofe se presentan con insistencia a nuestra mente, anunciando el fin del mundo. Al igual que sucede con las fantasías de suicidio, debemos preguntarles qué mundo exactamente es el que está llegando a su fin. Es difícil dar una respuesta porque nos tomamos las fantasías tan literalmente que apenas podemos soportarlas más de un momento. Anestesia: Robert J. Lifton la llama “entumecimiento psíquico”. No sólo nos drogan los fabricantes de bebidas alcohólicas, los traficantes de drogas, las empresas farmacéuticas y los médicos que nos atiborran de pastillas; estamos anestesiados también por el subjetivismo de la psicoterapia, como si el “fin del mundo” fuera un “problema interior”.

El propio literalismo de las fantasías de catástrofe nos permite vislumbrar qué mundo es el que está llegando a su fin. Esas fantasías hacen realidad la visión apocalíptica cristiana y cumplen al pie de la letra la doctrina de un mundo que ya ha sido declarado muerto por la tradición occidental, un mundo cuya autopsia ha sido presidida por la mente septentrional desde Newton y Descartes. Ojalá seamos ahora capaces de ver lo que Blake siempre supo: El Apocalipsis que mata el alma del mundo no se encuentra al final del tiempo, no va a venir, sino que se está produciendo ahora, y sus jinetes son Newton y Locke, Kant y Descartes. Las fantasías del fin literal del mundo, anuncian, sin embargo, el fin de este mundo literalista, del mudo muerto y objetivo.

En ese sentido, las fantasías de catástrofe reflejan también un proceso iconoclasta de la psique, que quiere hacer añicos el ídolo mecánico y sin alma que hemos adorado desde que Jesucristo dijo que su reino no es de este mundo y lo entregó a las legiones de César, de forma que la animación estética, imaginativa y politeísta del mundo material fue tachada de demonismo y herejía, mientras que la psicología sólo concedía psique al ego reflexivo de la confesión, exagerándolo de forma titánica y monstruosa.

Aquel inmenso edificio inerte -la doctrina del mundo sin alma-, azotado por la lluvia ácida, ensuciado con pintadas, ha explotado ya en mil pedazos en nuestras fantasías. Sin embargo, este cataclismo, esa imagen patologizada del mundo destruido, esta despertando nuevamente nuestra conciencia del alma del mundo. El anima mundi agita nuestros corazones para que respondan: finalmente, in extremis, nos interesa el mundo, comenzamos a amarlo, y las cosas materiales vuelven a ser amables. Pues donde hay patología has psique, y donde hay psique hay eros. Las cosas del mundo vuelven a ser valiosas, deseables, incluso dignas de compasión a causa del castigo que el altanero hombre occidental ha inflingido a las cosas materiales.

Los movimientos ecológicos, el futurismo, el feminismo, el urbanismo, las acciones de protesta y desarme, la individuación personal no pueden, por sí solos, salvar al mundo de la catástrofe inherente a nuestra propia idea del mundo. Es necesaria una visión cosmológica que salve al fenómeno “mundo” en sí mismo, un movimiento del alma que vaya más allá de las conveniencias hasta la fuente del persistente peligro que amenaza nuestro mundo: la funesta negligencia, la represión del anima mundi.

Reprimida, pero presente; pues la idea del alma del mundo recorre todo el pensamiento occidental, por no hablar de las culturas arcaicas, primitivas y orientales. Por lo tanto lo que os pido que tengáis en consideración no es ni nuevo ni completamente radical, sino que ha sido sostenido de diversas maneras por Platón, los estoicos, Plotino y las místicas judía y cristiana; se manifiesta espléndidamente en la psicología renacentista de Marsilio Ficino, y también en Swedenborg, y es venerado en la mariología, en la devoción sofiánica y en la El shejiná. Encontramos algunos conceptos de esta visión en los románticos alemanes e ingleses y en los trascendentes estadounidenses, así como en los filósofos panpsiquistas de diversas tendencias, desde Leibniz hasta Hartshorne, pasando por Peirce, Schiller y Whitehead. El alma del mundo retorna también en la postura pluralista de William James, a través de su interés por Fechner y su atención a “lo particular y lo personal”, o a la “singularidad” de los sucesos en oposición a las totalidades abstractas. El anima mundi reaparece bajo otras formas, como lo “colectivo” en Jung, como el carácter fisiognómico en la psicología gestáltica de Koffka y Kohler, en la fenomenología de Merleau-Ponty o de Van der Berg, en la poética de la materia y del espacio de Bachelard, incluso en Ronald Barthes, y, naturalmente, una y otra vez en los grandes poetas, sobre todo, durante este siglo, en Yeats, Rilke y Wallace Stevens. Lo que estoy proponiendo tiene un noble linaje, y si cito estos nombres no es sólo para exhibir el pedigrí de la idea sino para sugerir que es precisamente el anima mundi la que les confiere nobleza.

A pesar de todo ello, la realidad psíquica del mundo de las cosas parece una idea extraña en psicoterapia porque el anima mundi no existe en la tradición de la que la psicoterapia cree proceder: la ilustración del siglo XVIII y el cientificismo del XIX, junto con su prole, los primos de la terapia: positivismo, materialismo, secularismo, nominalismo, reduccionismo, personalismo, conductismo.

La reelaboración de nuestro concepto de realidad psíquica implica, por tanto, la reelaboración de nuestro pasado cultural, la tradición que sigue alimentando tanto las teorías que formulamos como nuestra idea de la realidad. Insisto en que, ante las fantasías de catástrofe, la tradición a la que debemos recurrir no se encuentra en el Himalaya, ni el monte Athos, ni en los remotos planetas del espacio, ni en el horror nihilista que presagia la catástrofe, sino en el corazón imaginativo de la ciudad renacentista, en sus calles, en su idioma, sus costas, en la ciudad del corazón del mundo.

No podremos avanzar en esta dirección mientras no cambiemos radicalmente de rumbo, aprendiendo a valorar más el alma que la mente, la imagen que el sentimiento, lo singular que lo universal, la aisthesis y la imaginación que el logos y el pensamiento, la cosa que el significado, la observación que el conocimiento, la retórica que la verdad, lo animal que lo humano, el ánima que el yo, el qué y el quién que el porqué. Tendríamos que prescindir de juegos del tipo sujeto-objeto, izquierda-derecha, interior-exterior, masculino-femenino, inminencia-trascendencia, mente-cuerpo…, en definitiva, el juego de los contrarios. Gran parte de aquello que nos es más querido tendría que venirse abajo para que la emoción contenida en estas preciadas reliquias pudiera romper esos recipientes y fluir de nuevo hacia el mundo.

Romper esos recipientes significa retorno, significa regresar al mundo, devolverle lo que le quitamos cuando nos apropiamos de su alma. Este retorno nos hace considerar el mundo de otro modo, nos hace respetarlo porque su rostro muestra respeto y consideración hacia nosotros. Nosotros le mostramos nuestro respeto simplemente mirándolo otra vez, re-spectándolo: volviéndolo a mirar con los ojos del corazón.

Este respeto nos obliga a reconstruir nuestro lenguaje para que vuelva a expresar cualidades: hablar de lo que tenemos delante llamándolo por su nombre y no a través de los sentimientos que nos inspira, de una abstracción de la realidad (un lenguaje con referentes que no sean simples correlatos objetivos de nuestras emociones o simples descripciones objetivas). El vacío de nuestras palabras se llenaría de imágenes concretas: nuestro lenguaje animal devolviendo el eco del mundo.

Finalmente, deberíamos considerar que el modelo subjetivo con el que trabaja la psicoterapia -la psicodinámica, la psicopatología, el inconsciente e incluso la propia personalidad- también podría aplicarse al mundo y a las cosas que lo componen. Pues, si el mundo está dotado de alma, entonces el lenguaje que el psicoanálisis ha desarrollado para la psique también es adecuado para el mundo y sus objetos. Para conseguir esta re-visión de la realidad psíquica tendremos que dejar que se desplome el modelo en el que nos apoyamos -una catástrofe de la mente en lugar de una catástrofe del mundo-, haciendo posible un renacimiento del alma en el corazón del mundo y, al mismo tiempo, desde las profundidades de su desplome y del nuestro, un renacimiento de la psicología.

Art: Alphonse Osbert, Ancient Evening; 1908